El proyecto, implantado en el Bosque de la Alhambra propone la recuperación de una ruina de principios de siglo para su uso como centro de formación musical y ensayo, en combinación con el Auditorio Manuel de Falla. Por este motivo, a nivel territorial, el proyecto propone una serie de políticas urbanas a desarrollar:

– Promover una red cultural musical que se explote durante todo el año en la ciudad, que trabaje coordinada en torno a temáticas e implique a todos los agentes musicales granadinos.
– Usar el Bosque de la Alhambra como un polo de creación e interpretación musical, especialmente durante la celebración del Festival Internacional de Música y Danza.
– Atraer a los profesionales de la música a la ciudad, para que encuentren en Granada un lugar de estancia para el retiro creativo y de inspiración.
– Incrementar el ritmo y el flujo de visitantes y ciudadanos que paseen por el Bosque de la Alhambra, mediante la creación de nuevos itinerarios locales, temporales, continuados, culturales.

La visión urbana del proyecto se centra en la aproximación desde el barrio a la ruina, produciendo una serie de itinerarios que crearán unas experiencias distintas. Esta zona de transición entre el barrio y la Alhambra se caracteriza por unos itinerarios de ascensión que se definen como una secuencia de lugares, dentro de la red de calles y encrucijadas. Los lugares, las escalas y la inmediatez con la que se llega al punto final tienen que ver con esos itinerarios y esas secuencias inclinadas que nos adentran en el bosque donde conviven los flujos rodados y peatonales.

La relación funcional entre el proyecto y el Auditorio se manifiesta en el material propio del lugar como las alfombras de empedrado granadino, que relacionan los accesos de la red de cármenes y jardines que se da en el Campo de los Mártires, asumiendo los lenguajes que el territorio ofrece y poniéndolos en valor.

Además del traslado del acceso y la implantación de la alfombra empedrada como signo de las actividades exteriores, el jardín sufre la transformación propia de la adecuación vegetal de la arquitectura, reduciéndose a sacar a la luz su carácter de jardín topográfico, dejando los árboles de gran porte aislados como piezas singulares y patrimoniales, vestigio de una arqueología vegetal, en diálogo con la arqueología construida.

Era importante marcar un buen acceso al edificio, una transición del exterior al interior, Así, el proyecto toma la decisión de crecer paralelamente, la forma histórica que había creado esta arquitectura. Se derriba la crujía menor y el proyecto crea una nueva construcción cuya misión es únicamente la de “entrar”: una pieza en relación visual directa con el jardín.

En el interior de la ruina, el nuevo sistema se establece como una construcción que se mueve entre el contacto y la separación sutil y transparente, siempre buscando que las atmósferas encontradas permanezcan a través de la introducción de luz eminentemente cenital y resbalada por los muros, que haga destacar la textura cerámica y terrosa. De este modo, los nuevos espacios musicales desarrollan una funcionalidad que se funde con la poética romántica de la ruina, sublimados por la presencia de la luz filtrada por lo vegetal y lo murario.