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Existe en nuestras ciudades una serie de espacios urbanos incompletos difíciles de definir que suelen ser objeto de todo tipo de especulaciones, deseos y proyecciones sociales. Su carácter ambiguo no puede identificarse tanto con los llamados terrain vagues —ámbitos a menudo de condición periférica, aparentemente residuales pero repletos de posibilidades o libertad creativa—, como a su condición de espacio dependiente, inacabado y falto de carácter.

Este es el caso de la plaza “El Almacén”, cuya denominación procede del centro polidimensional homónimo colindante situado entre las calles Canalejas, La Porra y José Betancort, cerca de la costa de Arrecife. Más allá de su utilización como aparcamiento no regulado, es quizás su uso como lugar para festejos y conciertos al aire libre aquello que le ha dotado de mayor sentido, convirtiéndolo en un prometedor escenario. A pesar de ser calificado como zona verde en el Plan Urbanístico, la libertad que ofrece para organizar todo tipo de actividades orientadas hacia la medianera de El Almacén permite concebir este lugar como una sala descubierta o un patio abierto a la escenificación urbana.

La gente de Lanzarote percibe esta pared como una pantalla de proyección o como un plano de fondo personalizable cuya riqueza reside precisamente en su disponibilidad para la imaginación. Esa misma gente desea encontrar en la plaza “un espacio verde, que proteja del sol, donde los niños jueguen, donde se celebren conciertos, se abran mercadillos (…) una plaza cambiante, una plaza más humana…” Una de las referencias cercanas más interesantes que podemos encontrar, esta vez como vacío interior, es La Recova, una suerte de mercado organizado gracias a su patio central, rodeado por una galería objeto de escenas tradicionales de comercio: sombreros para proteger del sol, cajas y cestas se confunden con la fruta y la verdura, dotando de color y vida a la arquitectura racional y ordenada. Si nuestra plaza fuese ocupada por un mercado temporal, no debería ser tan distinta.

La propuesta Almacén de Sombras realiza una respuesta sintética a todos esos deseos a través de una suerte de infraestructura abierta, relacional y flexible. Se trata de una infraestructura urbana porque se ofrece como soporte de todo tipo de elementos productores de sombra y frescor: teniendo en cuenta que se instalará un tanque de tormentas en el subsuelo, la vegetación se cuelga en cables o macetas, como sucede en muchos patios de Lanzarote, protegiendo las plantas durante el día y dejando que la luz artificial penetre entre las hojas durante la noche; los árboles existentes se trasplantan a la zona Oeste, sirviendo de antesala vegetal a la plaza; las plantas en los tiestos existentes se reutilizan, construyendo maceteros móviles que pueden desplazarse hacia los bordes durante los eventos, quedando almacenados.

La infraestructura elevada se rodea finalmente con elementos lineales, cuerdas o cabos, conformando una suerte de umbráculo o pérgola capaz de filtrar la luz, proteger las plantas del viento y atrapar la sombra para los ciudadanos. En su materialidad, se establece una relación directa con el paisaje marítimo de Arrecife, los elementos auxiliares propios de las embarcaciones, capaces de guiar su adaptación a nuevas situaciones. La multiplicación de las cuerdas y la instalación de la galería de mantenimiento permiten todo tipo de variaciones espaciales a partir del mismo pentagrama.

La demolición del edificio existente para facilitar la comunicación con la calle La Porra se realiza de forma parcial, cortando los muros a la altura del respaldo de unos asientos. Se transforma así, en soporte para el mobiliario urbano y las jardineras, tal y como sucede en los campos de La Geria o en numerosos aljibes y patios de Lanzarote, donde la vegetación queda protegida por los muretes cortavientos. El vacío generado gracias a la excavación conceptual de la pérgola recuerda al volumen de la casa parcialmente desaparecida, percibiéndose como un ámbito de escala doméstica, una huella íntima de la memoria colectiva.

La medianera ve reforzada su posición como pantalla de proyección y fondo de escenario de espectáculos a través de una sutil nivelación de la pendiente natural del terreno. No es difícil imaginar una imagen de la costa de Arrecife, transformando la medianera en una ventana al mar o la fotografía de uno de los lados de la plaza, cerrando el espacio para conformar virtualmente un patio central, como el mercado La Recova.

La posibilidad de proyectar sobre las cuerdas amplía significativamente la vibración de la plaza durante la noche.

En la parte superior, dentro de la pérgola, se instala una galería de mantenimiento de luces y plantas colgadas, una suerte de camino en el interior de un jardín colgante que podría ser utilizado de forma temporal para actividades expositivas y culturales, en relación directa con la crujía sur del centro cultural “El Almacén”. La posibilidad de conexión entre el edificio y la plaza se deja de este modo sugerida, como un imán capaz de atraer la actividad.

En el Almacén de Sombras, todas las posibilidades de relación e intercambio bajo el sol quedan abiertas.