Intervenir en el centro de una ciudad significa pisar las huellas que la historia ha ido dejando a lo largo de los años. Algunas de estas marcas son territoriales, como los caminos radiales que, fugando desde la ciudad primigenia, buscaban el contacto con poblaciones cercanas, y en torno a los cuáles el municipio de Estepa se ha ido adosando en su crecimiento. Otras de estas huellas son los poros construidos a través de los cuáles respira el caserío, patios que necesitan de una plataforma para mantener y extender la cota de la calle, y en torno a los que se organizan las edificaciones.

El Convento de la Victoria de la Orden de los Mínimos de Estepa nace acoplado a uno de los caminos mencionados, haciendo de rótula entre la ciudad vieja y los arrabales. Hoy el edificio nos ha dejado un vacío engullido por la ciudad, los vestigios de los muros de la iglesia y la imponente Torre de la Victoria, catalogada como BIC.

Se decide entonces incorporar el ritmo del antiguo convento, a través de las medidas extraídas de la iglesia, estructurando el nuevo proyecto y creando una bolsa de aire que se sitúa sobre las huellas desveladas del antiguo claustro, como vacío latente presente aún en este espacio, reuniendo el espacio construido y el evocado.

Este patio o plaza interior, que aparece como un sello habitual de las construcciones eclesiásticas, va a centrifugarse, extendiendo los brazos del claustro, para encontrar contacto con la calle Ancha, y generar así un acceso amable, a la sombra, desde un retranqueo en la fachada, que aparece en la calle casi como una tapia, mostrando una imagen opaca al exterior.

La intervención se realiza en términos de recuperación de vínculos espaciales y lógicas de construcción conventual. No se busca una relación de nostalgia, ni de yuxtaposición entre distintas arquitecturas, si no de escuchar al pasado y establecer relación con sus estructuras. Se genera así una sucesión de espacios (acceso, claustro, patios, aulas, naves…) de carácter eminentemente introvertido, ordenados por las trazas de la iglesia, que se aprovechan para adoptar una estructura prefabricada y modulada de hormigón.

Al igual que las pinturas “Las fosforescencias” de José Guerrero, estructuradas todas ellas por el recuerdo de la cajas de cerillas de cartera, pero liberándose de su significado inicial; las trazas se encuentran presentes en cada uno de los espacios: dividiendo el vivero de empresas mediante los lucernarios, disponiendo las dimensiones del claustro o subrayando las aulas prácticas con bóvedas (a imagen de las largas naves de convento), que permiten que el edificio, tras coger aire en planta baja, se acabe asomando a través del paisaje de sinuosas cubiertas de teja.